Su visión tenía el fuego blanco del miedo y el fulgor blanco del anhelo, una luz que interrumpía todas las imágenes: nubes de arcángeles revoloteando como langostas sobre la tierra llena de guerra y cadáveres, la alta montaña donde aguardaban los señores a los que rezaba en secreto cada noche, azul y gigantesca y más real que ninguna imagen de la vigilia. También se repetían los rostros del vértigo: su abuelo muerto, la mujer alta y elegante de gris y verde, la chica morena que la acompañaba, las ominosas armaduras negras de los Inquisidores, muchedumbres guerreras de rostros y voces en los que no podía confiar. Pero esa noche en particular, mientras el fulgor decrecía, en su visión apareció un recuerdo de hacía cinco años: el cuerpo desnudo de Azael arrastrado por las manos pálidas de los Sacerdotes del Regalo, su cuerpo quebrado y retorcido, su voz llorosa pidiendo ayuda. Las multitudes rugían, una lluvia de estrellas asolaba la tierra hasta que de súbito todo se apagaba y sólo se oía el llamado claro y angustioso de Azael en la oscuridad:
“Ven a buscarme”.