Finalmente estaban ahí, sonriendo, sentados en la vereda de la Plaza de Armas mientras yo giraba contemplando el Portal Fernández Concha, los pacos riéndose junto al furgón, una escuálida manifestación por los presos mapuche, los travestis, los enamorados, los ajedrecistas, los pintores recogiendo sus cuadros. Ahí estaban, abrigados en exceso, sonriendo mientras yo los miraba desafiante.
Quise acercarme de inmediato pero en vez de eso los miré con más fuerza, como si a ella pudiera volarle la gorra que le oscurecía el rostro y a él apartarle el pelo de la cara. Acércate, pensaba, pero resistí ese llamado, mantuve mi postura, cabeza en alto, mirada fija, inquietud. Algo, un rayo de luz, una pausa que me permitió ver con más claridad, y se reveló que no eran ellos: eran dos personas desconocidas, una mina parecida a ella y un loco parecido a él, y se reían de sus propios motivos, sus propias vidas, su propio amor.
Me reí. Abiertamente. Me miró un cabo, la pareja sentada en la catedral, que ya no iba a vengarse, que ya no tenía armas en sus manos, que no había estado cazándome con rabia. Me miró una mina flaite melancólica sentada en un banco, un mapuche que se iba a la casa tras la disolución de la microprotesta, me miraron un par de personas mientras yo me reía y me acercaba a la vereda.
La mina y su novio conversaban, se paraban, se iban. Los pacos se hacían los duros, las putas comenzaban su nuevo turno, los pintores desaparecían, y yo me iba al metro a buscar más personas con rasgos faciales comunes que pudieran encarnar mis ficciones automáticas, susurrar mis guiones, simular mi biblioteca de rostros. Que pudieran, en suma, sustentar con sus cuerpos a mis interminables fantasmas.