y todo lo que se quede corto con respecto a ese espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador, menos demencial, menos embriagado, menos contagioso, no es arte.
No caeré en tus trampas hechas de palabras.
1) Tienes que ser muy inteligente para no caer en las trampas y llegar al otro lado sano y salvo.
2) Es vital que entiendas esto: la inteligencia no consiste en palabras. De hecho, la inteligencia que necesitas es muda como el hielo.
3) No caeré en tus trampas hechas de palabras.
A mi amigo sociólog A. intento explicarle, maniatado por mi autoimpuesta torpeza con los conceptos abstractos, que el software es mucho más que una proyección de lo humano. A. dice que el software y la internet son una forma de organización de subjetividades, así como los medios son un espejo de lo social. Añade también que todo lo simbólico es humano. “Bienvenidos a la teoría post-humana”, digo yo para reirme, pero retomo acá el punto: el software es una creatura, un hijo de la humanidad con sus propias reglas.
Le explico un poco las ideas de W. Burroughs, su poesía y su cliché de “el lenguaje es un virus”, esta idea de que las palabras no nos necesitan sino que nos utilizan para autoperpetuarse, estableciendo en el camino una relación simbiótica con nosotros en la que nos ayudan a intercambiar instrucciones, alertas, cartas de amor. “Lo entiendo pero me cuesta creerlo”, me dice A., que como sociólogo considera que todo tiene que ver con relaciones humanas y símbolos dentro de las posibilidades humanas. No, digo yo. Y luego me doy cuenta de por qué hablo con tanta seguridad, sin tener sustento teórico adecuado: también soy programador.
¿No es eso fetichismo?, me pregunta A. Podría serlo, pero en realidad nos acercamos a la realidad cuando descubrimos que el software o la tecnología no son solamente una cosa (como diría un tecnócrata) ni son solamente una nueva capa o modelo organizacional. Son esto último, pero también son algo nuevo, que no había exisistido nunca antes. A. me da el mal ejemplo de la máquina de escribir, pero ahí mismo nos damos cuenta de que el salto es cualitativo esta vez: una persona podría hacer la misma tarea de una calculadora o una máquina de escribir (o de la imprenta de Gutenberg, si lo que queremos es cambiar estructuras socioculturales de paso), pero no la de una computadora, una vez pasado cierto grado de complejidad. Y por ahí va: pasado cierto grado de complejidad, el software es tan ajeno a lo que consideramos humano como un visitante de otro planeta.
¿Cómo lo sé? Con el viejo método en el que nunca dejaré de confiar, el quizás soberbio método de aprehender las verdades con la intuición. Cuando estoy junto a una máquina la oigo respirar (como decían en esa no tan mala película noventera Piso 13), cuando programo un breve script y, sobre todo, cuando lo depuro, puedo discernir el momento exacto en que dejo de tener la capacidad de controlarlo. El momento en que se autonomiza. Y no, no estoy esperando que deje de obedecerme. Es el momento en que el script de quince líneas de código tiene su propia lógica y su propio camino indescifrable, que puedo pretener conocer tanto como pretendo entender lo que piensa un insecto cuando me lo encuentro a dos centímetros de mi cara. Una paciencia alienígena, unos pensamientos que están fundados sobre una galaxia distinta que la mía, un nivel de complejidad diferente. Cualquiera que haya depurado un programa, esto es, escrito una serie de instrucciones, y luego haberlas probado y buscado durante unos minutos un error inesperado, sabe de lo que hablo. Así como lo sabe cualquiera que haya dormido con un PC zumbando en el escritorio al lado de la cama tras haber intentado hackear algo. Lo dejamos entrar en nuestra vida, lo creamos nosotros mismos, pero es diferente. Es nuevo, y eso es lo maravilloso y preocupante.
La ciencia ficción, a.k.a. la mitología de nuestros maravillosamente interesantes días, usa muchos androides rebeldes o repentinamente concientes de su propia vida como metáfora de esta idea. Creo que la realidad es algo menos y más inquietante: no es muy probable que, si construimos una interfaz humana para el software, esta nos ataque como en las películas sobre Terminator. Lo más probable es que sigan nuestras órdenes con una eficiencia razonable pero, sobre todo, con una exasperante tendencia a mirar el vacío como quien piensa en algún lugar que jamás podremos siquiera imaginar.
Apuntes para una epifanía que se resiste a producirse sola, algo en la historia de Prudant buscando vengarse de Mark Angritz, olvidando a Jaime y a Lucía y a la distracción de la banda de Juniors de Santiago Centro por un rato.
Es así: Jordan, uno de los sicarios del Cangrejo, relata su historia hasta el día de su muerte, la historia de alguien que buscó su camino a través de la bruma y fracasó. La bruma era la pobreza de su población, el ruido de las armas, el sabor insólito de la droga que no se siente en la lengua, se siente en la garganta y más abajo de la garganta. La bruma era el éxito, el temor en los adversarios, la sonrisa servil de los pacos, su destino escrito con tanta claridad con caracteres de animitas desperdigados por la villa. La bruma en cierto momento pareció tener un nombre, y ese nombre era mezquindad o también cautela, y fue ahí cuenta este Junior tuvo un par de golpes de suertes, salió de la pobla, dejó de mirar a sus antiguos amigos, invirtió toda su plata en un par de camisas y corbatas, y todo su amor en una chica que le enseñó lo más importante: cómo usar esas camisas y corbatas sin verse como Iván Zamorano vestido de Armani.
El otro apunte es su enfrentamiento con el Negrosho (cuyo nombre viene de Negro-Ocho, el lugar en la ruleta, o eso dicen porque en realidad tiene un origen aún más incógnito), quien hace la misma ruta de él en un octavo del tiempo y sólo a pura fuerza, pensando sólo en los instantes más adecuados, algo así como la conjunción de inteligencia+suerte: un grandulón que ocupó sus cuatro únicas neuronas en los exactos cuatro momentos que le sirvieron. Los tres primeros momentos fueron frente a un arma, frente a una mujer, frente a un gerente. El cuarto momento fue frente al Cangrejo. El Cangrejo lo escuchó, lo midió con sus oídos, le dijo las palabras que todos anhelaban escuchar. Le dijo: te contrato.
Y el tercer apunte y final es Prudant enfrentado a la historia de estos dos muertos rabiosos, estos dos muertos que dejan una herencia viva y urgente: Dejan sus bombas andando después de desaparecer, dejan sus cuerpos malolientes agitándose como una bandera mientras ellos relatan obsesivamente sus vidas flotando ectoplasmáticamente en sus últimas piezas de motel, y sobre todo dejan su disyuntiva: superar de la bruma a través de la cuidadosa elección y claridad táctica, o escapar de la bruma a través de la fuerza y el valor. Prudant busca la tercera vía: ni a través de la fuerza ni de la cautela. Prudant piensa, repiensa, resiste al pánico, resiste también al arrojo que le da el cañón de su automática, resiste la sonrisa del Cangrejo y la amenaza de sus amigas de Plaza de Armas, avanza hasta la posibilidad infinita de que no haya ninguna solución ni salvación alguna para nadie en ese cuadradro de muerte en el punto fundacional de Santiago de Chile, y finalmente vislumbra algo que todavía no ocurre, pero que va a ocurrir: él levantará la cabeza hasta su verdadera estatura, no la estatura que pensaba que tenía. Y allí, diez centímetros más arriba del lugar donde su cabeza ha vivivo siempre (encorvada por los demonios-fantasmas-promesas, manipulada por el rencor y el deseo), allí arriba no habrá niebla.
Y en el vacío puro sobre la niebla oirá la voz. Ahora puedes verme claramente, Prudant. Ahora ven a matarme si te atreves, le dirá a Prudant la burlona voz infinitamente joven y maligna del Cangrejo, amenazando a Lucía con un cuchillo en la oscuridad.
Sólo eso. La vida sigue. El tiempo no existe. ¿O sí?
“Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.” (JLB, Nueva refutación del tiempo)
Tú la llamas gringa. Te dices a ti mismo: “extraño a mi gringa”. Te imaginas explicándole a ella la imaginación, diferenciando entre el apelativo “gringa” y el despectivo “spic”, y quizás paseando por alguna calle que en la imagen es latinoamericana ideal. Te ves con ella, la esperas, no la encuentras, te acuerdas de feriados y bares y de los vacíos al fondo del placer, todo esto mientras, de hecho, caminas por una calle en santiago, que es fría, y es de noche, y casi llueve. Te gustaría llamarla para estar con ella, sacar de la imagen una tierra nueva que habitasen los condenados por la realidad, y estar con ella ahí (¿será mucho?). Te gustaría besarla.
Varias cosas te gustarían que no corresponden a lo que llevan de conocerse. Por ejemplo, que sea tu gringa, TU gringa, y no CUALQUIER gringa, o LA gringa, que es un poco mejor que UNA gringa que ha resultado ser TUYA. No es tuya. No aparece. Y en tu cuarto, que tampoco te pertenece a ti, son pocas las cosas que te la recuerdan. ¿Por qué, entonces, no olvidarte? Olvidar que te gustaría besarla, olvidar los defectos de ella (que son lo que más te gusta) y los dos regalos que te dejó en las líneas de texto de la última carta electrónica. ¿Por qué exagerar tanto la nota?
Consíguete alegrías reales. Consíguete un descanso impostergable, un videojuego acertado y lleno de mundos, alguien con quien te encante conversar. Consíguete una mujer de tu edad, de tu nación, de tu estatura. De tu serie en el RUT. De tu nivel socioeconómico. Haz, concretamente, algo de este tiempo. Algo para ti.
En vez de estar siempre de nada en nada, pidiendo milagros, pidiendo limosnas, tu estética del vagabundo que a todos lados te lleva, pero nada de nada te da…
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She had the cutest face, such a nice voice, and - I’m sorry to say this… - tits as big as our two suns… How could I ever not fall in love? She was absolutely worth the risk.
Yeah, she was.
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Santiago, 4:40 AM. Condición actual: Nubosidad parcial Temperatura: 3.0°C Humedad relativa: 95%
En mi polerita llevo dibujada la huella personal de la tristeza
Llevo la imagen más dramática de esta noche
Y la utilizo como bandera de signos para que me entiendan el mensaje
En mi polerita llevo escrito «los chicos no lloran», pero en medio de este rito bailable vamos a ser todas chicas plásticas de esta galería moderna
Esta noche vamos a llorar juntas como cadáveres de la moda
(era hermoso verlos como pequeños dioses pobres)
Me pregunta:
Si tengo sueño
Si tengo hambre
Si tengo frío
Si tengo sida
Si tengo rabia
Si tengo hermanos
Me pregunta si voy a sobrevivir al evangelio de los chicos extranjeros.
¿qué cresta estás haciendo aquí? me preguntarías, haciéndote el tarado -el más rico de todos- y nada, mi amor, mírame, que no hay nadie más vulnerable que yo en el mundo. Dime ‘de rodillas, nena’, y yo te haría caso, y abre la boquita, nena, y yo abriría la boca, me quedaría quieta, como tú lo quisieras, y me dirías ‘trágatelo todo’. Entonces tú vas a decirme bien, perrita, bien, y ahora muéstrame las tetas, y yo lo haría, y te regalaría todo, devota como virgen. O me dirías ‘mi amor, en cuatro’ y me agarrarías de las caderas como cazador y no me soltarías nunca; y después tú me dirías ‘cásate conmigo’ -quédate conmigo- y yo te diría que sí, que quiero esto para siempre, porque tú y yo sabemos que tú, mi amor, eres lo más vulnerable del mundo.