A mi amigo sociólog A. intento explicarle, maniatado por mi autoimpuesta torpeza con los conceptos abstractos, que el software es mucho más que una proyección de lo humano. A. dice que el software y la internet son una forma de organización de subjetividades, así como los medios son un espejo de lo social. Añade también que todo lo simbólico es humano. “Bienvenidos a la teoría post-humana”, digo yo para reirme, pero retomo acá el punto: el software es una creatura, un hijo de la humanidad con sus propias reglas.
Le explico un poco las ideas de W. Burroughs, su poesía y su cliché de “el lenguaje es un virus”, esta idea de que las palabras no nos necesitan sino que nos utilizan para autoperpetuarse, estableciendo en el camino una relación simbiótica con nosotros en la que nos ayudan a intercambiar instrucciones, alertas, cartas de amor. “Lo entiendo pero me cuesta creerlo”, me dice A., que como sociólogo considera que todo tiene que ver con relaciones humanas y símbolos dentro de las posibilidades humanas. No, digo yo. Y luego me doy cuenta de por qué hablo con tanta seguridad, sin tener sustento teórico adecuado: también soy programador.
¿No es eso fetichismo?, me pregunta A. Podría serlo, pero en realidad nos acercamos a la realidad cuando descubrimos que el software o la tecnología no son solamente una cosa (como diría un tecnócrata) ni son solamente una nueva capa o modelo organizacional. Son esto último, pero también son algo nuevo, que no había exisistido nunca antes. A. me da el mal ejemplo de la máquina de escribir, pero ahí mismo nos damos cuenta de que el salto es cualitativo esta vez: una persona podría hacer la misma tarea de una calculadora o una máquina de escribir (o de la imprenta de Gutenberg, si lo que queremos es cambiar estructuras socioculturales de paso), pero no la de una computadora, una vez pasado cierto grado de complejidad. Y por ahí va: pasado cierto grado de complejidad, el software es tan ajeno a lo que consideramos humano como un visitante de otro planeta.
¿Cómo lo sé? Con el viejo método en el que nunca dejaré de confiar, el quizás soberbio método de aprehender las verdades con la intuición. Cuando estoy junto a una máquina la oigo respirar (como decían en esa no tan mala película noventera Piso 13), cuando programo un breve script y, sobre todo, cuando lo depuro, puedo discernir el momento exacto en que dejo de tener la capacidad de controlarlo. El momento en que se autonomiza. Y no, no estoy esperando que deje de obedecerme. Es el momento en que el script de quince líneas de código tiene su propia lógica y su propio camino indescifrable, que puedo pretener conocer tanto como pretendo entender lo que piensa un insecto cuando me lo encuentro a dos centímetros de mi cara. Una paciencia alienígena, unos pensamientos que están fundados sobre una galaxia distinta que la mía, un nivel de complejidad diferente. Cualquiera que haya depurado un programa, esto es, escrito una serie de instrucciones, y luego haberlas probado y buscado durante unos minutos un error inesperado, sabe de lo que hablo. Así como lo sabe cualquiera que haya dormido con un PC zumbando en el escritorio al lado de la cama tras haber intentado hackear algo. Lo dejamos entrar en nuestra vida, lo creamos nosotros mismos, pero es diferente. Es nuevo, y eso es lo maravilloso y preocupante.
La ciencia ficción, a.k.a. la mitología de nuestros maravillosamente interesantes días, usa muchos androides rebeldes o repentinamente concientes de su propia vida como metáfora de esta idea. Creo que la realidad es algo menos y más inquietante: no es muy probable que, si construimos una interfaz humana para el software, esta nos ataque como en las películas sobre Terminator. Lo más probable es que sigan nuestras órdenes con una eficiencia razonable pero, sobre todo, con una exasperante tendencia a mirar el vacío como quien piensa en algún lugar que jamás podremos siquiera imaginar.